Por Elsa Cabrera, directora ejecutiva Centro de Conservación Cetacea
Hace poco menos de un mes, el 18 de abril, el barco ballenero factoría japonés Kangei Maru zarpó desde Shimonoseki hacia el mar de Okhotsk, iniciando la tercera temporada de caza comercial para esta nave desde que Japón abandonó la Comisión Ballenera Internacional (CBI) en 2019. Desafiando la moratoria global y actuando como estado rouge en materia de conservación marina, Japón ha fijado como objetivo la captura de 247 ballenas, incluyendo ballenas minke, de Bryde, sei y, en un acto de particular gravedad, ballenas de aleta.
A cuarenta años desde la implementación de la moratoria global sobre la caza comercial de ballenas – acordada por la CBI en 1982 – Japón, Islandia y Noruega continuan siendo los únicos países que buscan mantener activa una industria que las naciones mas evolucionadas ya abandonaron hace décadas.
En abierto desafío a la protección global sobre especies y poblaciones de ballenas, la Agencia de Pesca de Japón anunció que las cuotas oficiales de captura para 2026 corresponden a 167 ballenas minke, 154 ballenas de Bryde, 56 ballenas sei y 58 ballenas de aleta, la segunda especie de mayor tamaño después de la ballena azul. La lista no distingue ni se preocupa del estado de conservación de las especies afectadas. La ballena sei se encuentra clasificada En Peligro por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y la ballena de aleta como Vulnerable, dado que no se ha podido recuperar de los impactos negativos de la caza industrial llevada a cabo en el siglo XX.
El gobierno japonés intenta justificar estas operaciones argumentando que forma parte de su tradición cultural. Pero la realidad es muy distinta. El consumo milenario de carne de cetáceos en Japón se limita a cuatro comunidades. La introducción masiva de carne ballena se produjo tras el fin de Segunda Guerra Mundial cuando Estados Unidos desarrolló esta industria con el fin de abastecer de proteína animal al derrotado pueblo japonés. En la actualidad, su consumo es inferior al 1% de lo que fue su punto máximo durante la década de 1960. De acuerdo a una encuesta realizada en 2024, solo el 7,5% compró carne de ballena el último año.
Para mantener a flote esta moribunda industria, el gobierno japonés subsidia masivamente a Kyodo Senpaku, la empresa propietaria del Kangei Maru. La construcción de este buque ballenero factoría costó 7.500 millones de yenes, aproximadamente 50 millones de dólares, una inversión que la empresa tardará años en amortizar… con la ayuda del Estado. Esto, a pesar que solo el 16% de los japoneses está de acuerdo con que sus impuestos se destinen a subvencionar esta decadente industria. Una cifra que sin duda revela el enorme abismo existente entre la política oficial nipona y la voluntad de su pueblo.
Por su parte, Kyodo Senpaku busca crear demanda utilizando técnicas de mercado tan desesperadas como máquinas expendedoras de carne en las calles de Tokio, distribución de productos en los comedores escolares de Shimonoseki y festivales de promoción en diversos puertos del país. Dado que el consumo masivo de carne de ballena en Japón se originó tras la Segunda Guerra Mundial, resulta evidente que estas campañas no buscan rescatar tradiciones culinarias ni satisfacer un legado cultural auténtico. Su objetivo es resucitar artificialmente un hábito de consumo que la sociedad japonesa adoptó por necesidad tras uno de los episodios más traumáticos de su historia.
Arpones que desestabilizan el océano
La caza comercial de ballenas no sólo transgrede el derecho ambiental internacional y pone en peligro la supervivencia de especies que aun no se recuperan de la devastación de sus poblaciones. También atenta contra el funcionamiento del ecosistema marino. Las consecuencias de la muerte de cada ballena arponeada trascienden con creces la pérdida de cada individuo.
Esto porque las ballenas cumplen funciones vitales en el funcionamiento del ecosistema, en lo que la ciencia denomina bomba de ballenas o whale pump. Cuando se alimentan en las profundidades y ascienden a la superficie para liberar sus heces y orina, las ballenas fertilizan las aguas marinas con una rica mezcla de nutrientes esenciales como el nitrógeno, el fósforo y hierro. Estos elementos son el combustible para el florecimiento del fitoplancton, esas diminutas algas que constituyen la base de la red alimenticia marina. Sin el fitoplancton, el kril no tendría de qué alimentarse. Y sin kril, todas las demás especies que dependen de él para sobrevivir colapsarían, incluyendo especies comerciales de peces que son fundamentales para la seguridad alimentaria.
Los nutrientes que aportan las ballenas vivas también son fundamentales para algo tan básico como respirar. Al fertilizar el océano, ayudan a mantener poblaciones saludables de fitoplancton, los organismo responsable de producir la mitad del oxígeno que existe en el planeta. El fitoplancton también captura dióxido de carbono con una eficiencia asombrosa. Por cada hectárea, absorbe unas 40 veces más CO₂ que la selva amazónica. Las ballenas, por su parte, acumulan a lo largo de su vida un promedio de 33 toneladas de carbono en sus propios tejidos. Cuando mueren de forma natural, sus cuerpos se hunden y ese carbono queda atrapado en el lecho marino durante décadas, e incluso siglos.
La caza comercial de ballenas realizada por Japón fuera del marco del derecho ambiental internacional no sólo amenaza la recuperación y conservación a largo plazo de las especies impactadas. Es una severa amenaza a especies que cumplen un papel fundamental en asegurar el funcionamiento del ecosistema.
Adicionalmente, el gobierno japonés ha optado por ignorar las alarmantes señales entregadas por la naturaleza. Muchas de las ballenas de aleta capturadas en abril y mayo de 2025 estaban extremadamente delgadas. También se presentaron crecientes dificultades para encontrar y capturar ballenas minke, obligando a los balleneros a navegar cada vez más al norte en su búsqueda. Estas no son señales de abundancia de ballenas, como falsamente afirma la industria y el gobierno japonés. Son una alerta de que el ecosistema está en crisis, entre otros, por el cambio climático, la sobre explotación pesquera y la propia presión generada por estas capturas. La respuesta de Japón no ha sido reducir la presión sobre las ballenas sino expandir las especies objetivo y aumentar las cuotas de captura.
Aunque todas las capturas son preocupantes, el caso de la ballena de alet merece destacarse. En 2024, un panel independiente de expertos internacionales advirtió que la población local de esta especie en aguas donde opera la flota ballenera nipona podría reducirse en un 40% en solo cuatro años si se mantiene la cuota de captura actual.
Frente a este escenario, no podemos permanecer en silencio. Cada arponazo lanzado desde el Kangei Maru no solo mata un individuo irreemplazable, sino que retrasa décadas la recuperación de especies fundamentales para el funcionamiento del ecosistema. Matar 247 ballenas en una sola temporada es un acto de arrogancia ecológica que socava peligrosamente los cimientos de la moratoria global, amenaza la conservación a largo de especies que aun no se recuperan de la ballenería industrial del siglo XX y pone en peligro el delicado balance que sostiene la vida en el océano.
Por ello, es imperativo alzar la voz por quienes no la tienen y pasar de la indignación a la acción. Como miembro de la campaña internacional End Commercial Whaling, el llamado de nuestra organización es a firmar la petición en línea para exigir el fin definitivo de la caza comercial de ballenas. Cada firma es un mensaje claro para que Japón, Islandia y Noruega sepan que la comunidad mundial no tolera más la destrucción de especies que actúan como ingenieros vitales para sostener la vida en el planeta.
Mientras Japón continua con la matanza de ballenas, tu firma es más importante que nunca para llevar la voz de las ballenas a la próxima reunión de la CBI (Septiembre 2026, Australia), y exigir de manera contundente el respeto íntegro a la moratoria y el cierre definitivo de la caza comercial de ballenas.
