Por Elsa Cabrera, directora ejecutiva del Centro de Conservación Cetacea
Más de 250 mil ballenas de Groenlandia (Balaena mysticetus) fueron capturadas por balleneros entre 1530 y 1914, llevando a la especie al borde de la extinción. Su grasa era utilizada para iluminar fábricas y lubricar maquinarias, y sus barbas servían para hacer corsés. Sin embargo, no todas las poblaciones de esta especie fueron severamente afectadas por esta actividad.
Así lo revela nuevo estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences que evidencia que el hielo marino ártico actuó como un verdadero refugio para protegerlas de los arpones balleneros durante las temporadas de caza en los veranos boreales. Para llegar a esa conclusión, un equipo científico de la Universidad de Adelaide analizó más de 700 bitácoras balleneras escritas entre 1700 y 1900, y determinaron que las únicas áreas donde las ballenas pudieron evadir la matanza fue en zonas protegidas por hielo polar ártico tan denso, que las naves no podían atraversarla.
De las cuatro poblaciones de ballenas de Groenlandia que habitan el ártico y regiones subárticas, dos aun no logran recuperarse. El estudio afirma que esto se debe a su nivel de exposición histórica a los buques balleneros. Hoy, las poblaciones de Bering-Chukchi-Beaufort y Este de Canadá-Groenlandia Occidental se estiman entre 17 mil y 11 mil individuos respectivamente, mientras que las de Groenlandia Oriental-Svalbard-Mar de Barents y Mar de Okhotsk sólo en unos pocos centenares. De acuerdo al estudio, las dos primeras habrían sido protegidas de los buques balleneros por masas de hielo ártico, mientras que las dos segundas fueron cazadas durante siglos sin acceso a esos refugios polares. Como resultado, estas últimas continuan clasificadas En Peligro Crítico.
Pero ese mismo refugio que protegió a las primeras dos poblaciones de ballenas de Groenlandia está desapareciendo. Desde 1979, la extensión del hielo mínimo marino ártico se ha reducido un 13% cada década, mientras que el volumen total de hielo ha disminuido un 63% desde 1982. Esto porque los impactos del cambio climático en el Ártico avanzan más rápido que en otras regiones del planeta.
Como consecuencia, las ballenas de Groenlandia estarían modificando sus migraciones. Un estudio de 2023 basado en grabaciones acústicas mostró que la población de Bering-Chukchi-Beaufort atrasó en 45 días su migración hacia el sur durante los inviernos boreales de 2008 y 2022. También evidenció que algunas ballenas ya no atraviesan el estrecho de Bering y permanecen más tiempo en el norte del mar de Chukchi. Los investigadores atribuyen este cambio a la pérdida de hielo invernal, que altera todo el ecosistema.
Y menos hielo significa más rutas de navegación abiertas. El tráfico de grandes embarcaciones, especialmente cargueros, petroleros y cruceros, ha aumentado más del doble entre 2013 y 2022 solo en el estrecho de Bering, el paso estratégico entre Alaska y Rusia, haciéndolo transitable un 20% más de tiempo.
Ese aumento también incrementa las amenazas para las ballenas. Buques de hasta 400 metros de eslora navegan hoy en los antiguos refugios de hielo, aumentando las posibilidades de colisiones fatales con embarcaciones. Los científicos temen que se repita el trágico destino de la ballena franca del Atlántico Norte, donde estas colisiones se han convertido en la principal causa de muerte para esta especie, una de las más amenazadas de extinción en el planeta.
Adicionalmente, la contaminación acústica producida por estas naves afecta la comunicación entre los individuos. Las ballenas de Groenlandia vocalizan en baja frecuencia, por debajo de 1 kilohercio. Sus llamados son escenciales para comunicarse, para encontrarse, para aparearse, para orientarse y otras actividades vitales. Sin embargo, los motores y las hélices de los barcos enmascaran estos llamados, impidiendo conductas tan importantes para su supervivencia de la especie como la reproducción.
El estudio advierte que la extinción no es un evento puntual, como la muerte del último animal, sino un proceso que puede durar siglos. La operaciones de caza iniciaron ese proceso para las ballenas de Groenlandia y ahora el cambio climático y el tráfico marítimo lo están acelerando. Se proyecta que el gélido hábitat ártico – adecuado para estas ballenas – se reducirá entre un 64% y un 75% hacia finales de siglo, dependiendo del nivel de las emisiones de carbono.
Si el hielo que una vez las protegió de los arpones desaparece por completo, no solo podrían extinguirse las ballenas de Groenlandia. La humanidad también está en peligro. El hielo ártico regula las corrientes oceánicas, refleja el calor solar y estabiliza el clima, desde el Polo Norte hasta el Cono Sur. Los impactos del cambio climático en el Ártico se extienden globalmente, afectando el equilibrio necesario para sostener la vida en el planeta.
Aunque quizás ya sea demasiado tarde para revertir por completo la pérdida del hielo ártico, como especie tenemos la responsabilidad ineludible de evitar que este grave problema siga profundizándose. Reducir las emisiones de dióxido de carbono, frenar el crecimiento descontrolado del tráfico marítimo y tomar decisiones basadas en la ciencia – y no en intereses políticos ni económicos de corto plazo – son un imperativo para impedir que las ballenas de Groenlandia desaparezcan. Y con ellas, nosotros mismos.
