Menu Close

Balenina y Parkinson: el nuevo anzuelo de Japón para promover la caza comercial de ballenas

Elsa Cabrera, directora ejecutiva, Centro de Conservación Cetacea

Siempre en busca de nuevas vías para reanudar la caza comercial de ballenas a nivel global, el gobierno de Japón organizó en septiembre de 2025 un evento en el que promocionó el consumo de estos cetáceos como una alternativa saludable para mejorar la resistencia física, la cognición y la concentración. Nueve meses más tarde, la industria ballenera retoma esta misma estrategia al afirmar que las ballenas podrían ayudar a frenar los efectos de la enfermedad de Parkinson.

En un comunicado publicado el 1ro de junio, el portal sobre salud japones Qlifepro afirmó que el compuesto derivado de la carne de ballena, conocido como balenina, probó reducir la progresión de los efectos del Parkinson en ratones.

Entre los coautores del estudio figuran Genta Yasunaga e Daiki Sakai, ambos investigadores del Instituto de Investigación de Cetáceos (ICR por sus siglas en inglés) de Japón. Esta corporación, fundada por el Ministerio de Agricultura, Silvicutura y Pesca de Japón en 1987, tiene como objetivo principal promover el ‘uso sostenible’ de los recursos balleneros, o en términos más directos, proveer justificaciones para impulsar la reapertura de la caza de ballenas a nivel global. El ICR es el mismo organismo que diseñó y ejecutó el infame programa de caza de investigación de ballenas en la Antártica que fue declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2014 al concluir que no era una iniciativa científica sino solo una fachada para capturar decenas de miles de ballenas con fines comerciales en el Santuario de Ballenas del Océano Austral.

Espejismos embusteros

Para llegar a tan prometedores resultados en ratones, los investigadores les indujeron la enfermedad de Parkinson mediante una neurotoxina (MPTP) y luego les administraron la balenina directamente al cerebro por vía intra nasal. De acuerdo a los resultados de este experimento, los efectos de la enfermedad de Parkinson se redujeron entre un 20 y 30 por ciento. El problema es que la historia de la búsqueda para encontrar la cura de esta enfermedad cuenta con múltiples historias similares que luego fracasan cuando son probados en humanos.

Un artículo de 2022 publicado en Frontiers in Aging Neuroscience, afirma que durante las últimas dos décadas, la incapacidad de convertir en éxito clínico (pacientes humanos) las intervenciones modificadoras de la enfermedad de Parkinson que funcionan en modelos preclínicos (es decir, en otras especies) no ha hecho más que acumular fracasos. La evidencia es aún más dura cuando se analizan las estrategias más prometedoras. En 2024, la revista científica Brain Sciences publicó un artículo que afirma que aunque se han utilizado modelos animales para probar tratamientos contra la enfermedad de Parkinson, ninguna terapia ha sido exitosa al probarse en humanos. Y más recientemente, en 2025, una publicación en Neurologic Clinics que revisó todos los ensayos clínicos relacionados a la alfa-sinucleína (la proteína que se acumula en el cerebro de los pacientes con enfermedad de Parkinson), concluyó que “varios ensayos se han llevado a cabo… con resultados decepcionantes hasta ahora, a pesar de los hallazgos preclínicos positivos”.

Y es que a diferencia del experimento japonés, la enfermedad de Parkinson se desarrolla en silencio, a lo largo de años e incluso décadas. Su desarrollo también se debe a múltiples factores interrelacionados como el envejecimiento, la inflamación crónica y la disfunción mitocondrial, entre otras causantes, por lo que los mecanismos, escalas temporales y complejidades en el desarrollo de la enfermedad simplemente no resultan comparables.

Además, para que un compuesto se convierta en un fármaco para tratar la enfermedad de Parkinson, o cualquier otra enfermedad, debe superar diversas fases, como estudios de toxicidad en especies modelo (estudios preclínicos); estudios farmacocinéticos en humanos  – para conocer cómo se absorben, distribuyen, metabolizan y excretan  – así como varias etapas posteriores de ensayos clínicos en grupos humanos.

Saltándose estas etapas, los autores del estudio afirman que la balenina podría convertirse en una nueva estrategia para la prevención y supresión de la progresión de la enfermedad de Parkinson. Esto no es más que una declaración prematura e irresponsable ya que no toma en consideración a los millones de personas que padecen la enfermedad y que ven en este tipo de titulares una esperanza que, como hemos visto, está destinada al fracaso.

El verdadero objetivo: Australia

Aunque en 2019 Japón canceló su membresía como Estado Parte de la Comisión Ballenera Internacional (CBI) y reanudó la caza comercial de ballenas en sus aguas territoriales, lo cierto es que sus objetivos de eliminar la moratoria global y reanudar las operaciones balleneras en alta mar continúan inalterables. Para lograrlo necesita un relato potente que presente a las ballenas como un recurso vital para la salud humana. Y el estudio sobre la balenina y el Parkinson podría cumplir a cabalidad con esta estrategia.

No es casual que la publicación sobre los resultados de este experimento se sume al evento orquestado en septiembre de 2025 por la Asociación Ballenera de Japón para presentar la balenina como la “vitamina marina”, ni que el lanzamiento de esta nueva publicación se realice a sólo tres meses de la realización de la próxima asamblea anual de la CBI en Hobart, Australia.

Porque aunque ya no es miembro de la CBI, la delegación de Japón continúa llevando una significativa delegación a sus asambleas anuales, donde impulsa agresivamente su diplomacia del arpón. Por ello, no sería de extrañar que los resultados de este estudio sean utilizados en Octubre próximo para promover la caza de ballenas como una herramienta para curar enfermedades neurodegenerativas en humanos. Una trampa propagandística para los pacientes de Parkinson y sus familias que debemos evitar.

Lo que la industria ballenera se guarda

Si los efectos de la balenina fueran tan prometedores como afirma el estudio, los canales de difusión de la noticia también podrían agregar que este compuesto no es exclusivo de las ballenas pues tambien está presente en otras especies marinas y terrestres.

Adicionalmente, un creciente cuerpo de evidencia científica demuestra que los productos derivados de las ballenas y otras especies de cetáceos están altamente contaminados con mercurio, bifenilos policlorados (PCBs) y otras toxinas bioacumulables, cuyo consumo regular produce graves enfermedades e incluso daños neurológicos que son diametralmente opuestos a los efectos buscados por los investigadores del estudio sobre la balenina.

Resulta evidente que tanto la industria como el gobierno de Japón omiten convenientemente estos hechos, pues su objetivo no es curar el Parkinson ni mejorar la salud humana con la denominada “vitamina marina”, sino asegurar sus intereses estratégicos y geopolíticos, especialmente en el hemisferio sur y el océano Austral, mediante la eliminación de la moratoria global y la reapertura de la caza comercial de ballenas en aguas internacionales