Elsa Cabrera, directora ejecutiva, Centro de Conservación Cetacea
En las ricas aguas de la Patagonia chilena habita una de las poblaciones de ballena azul (Balaenoptera musculus) más singulares del planeta. Todos los años durante el verano austral, el noroeste de la Isla Grande de Chiloé se convierte en el hogar de estos gentiles gigantes marinos que llegan para alimentarse de un pequeño crustáceo conocido como kril. Tras décadas de investigación, hoy sabemos que la fidelidad de las ballenas a este lugar es mucho más profunda de lo que se creía.
Un estudio publicado la semana pasada en la prestigiosa revista científica Marine Mammal Science, liderado por la investigadora chilena Bárbara Galletti del Centro de Conservación Cetacea, confirmó que estas ballenas son increíblemente fieles a su zona de alimentación. El estudio, que analizó más de mil foto identificaciones individuales de ballenas azules recolectadas en Chile, Perú, Ecuador y el Domo de Costa Rica entre 1992 y 2019, también demostró la ruta migratoria que conecta el sur de nuestro país con las Islas Galápagos.
Fidelidad inquebrantable
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es la extraordinaria fidelidad que las ballenas azules demuestran hacia su área de alimentación en el sur de Chile. De las 758 ballenas foto identificadas entre los 40 y 44 grados de latitud sur, la tasa de retorno anual alcanzó un promedio de 43 por ciento. También el intervalo de tiempo más largo entre el primer y último avistamiento de un mismo individuo alcanzó 17 años, dando cuenta de la importancia del área a largo plazo para los animales. Esta ballena fue fotografiada inicialmente en 1998, siendo avistada nuevamente en 2008 y posteriormente en 2015 en la misma área de estudio.
Dentro de los casos más emblemáticos se cuentan el de una ballena llamada Valentina, que ha sido la más avistada, siendo registrada en 11 ocasiones a lo largo de 10 años, y el de Moro, una ballena que fue avistada en la Isla de Chiloé pero también en el Golfo de Penas, siendo el registro más austral conocido para esta población.
Y es que esta alta fidelidad no es casual. El noroeste de la Isla Grande de Chiloé es reconocido internacionalmente como un área crítica de alimentación para la ballena azul chilena, una subespecie aún no formalmente nombrada pero diferente en su morfología, genética y acústica. Durante el verano austral, estos mamíferos marinos —la especie más grande que jamás haya existido en el planeta— se congregan allí para alimentarse y acumular reservas energéticas para el resto del año de una de las especies marinas más pequeñas del mundo: el kril.
Ballenas azules del norte y sur del país
El análisis de los datos también reveló que las ballenas azules registradas en los alrededores de Isla de Chañaral, en el norte de Chile (IV región), muestran una preferencia por esa área en específica, pero su tasa de retorno anual es menor (8%) y con intervalos de tiempo de hasta 13 años. Estos resultados indicarían que las ballenas azules que arriban al norte del país preferirían regresar a esa zona, mientras que las que llegan a la Patagonia regresarían más a su área de alimentación crítica en los alrededores de la Isla de Chiloé.
La ruta migratoria hacia Galápagos
Gracias al análisis de los datos científicos reunidos durante dos décadas, el estudio también confirmó la conexión migratoria entre las ballenas que se alimentan en el sur de Chile y el Pacífico tropical oriental. Para ello, la foto identificación volvió a jugar un papel clave. Un individuo fotografiado en noviembre de 1998 cerca de las Islas Galápagos fue luego reencontrado en 2006 y 2008 en el Golfo Corcovado, a más de 5.200 kilómetros de distancia. Otra ballena azul, fotografiada al sur de Galápagos en 2003, volvió a ser avistada en tres ocasiones en el noroeste de Chiloé en febrero de 2006 y 2008.
Estos hallazgos confirman que la ballena azul chilena emprende una migración hacia el norte durante el invierno austral, dirigiéndose a las cálidas aguas del Pacífico tropical oriental —probablemente para reproducirse o dar a luz— y regresan a Chile en primavera/verano para alimentarse. Este patrón coincide con estudios previos de acústica, genética y telemetría satelital, datos que ahora cuentan con confirmación individual gracias a la foto identificación.
Ciencia para la conservación
El conocimiento de esta ruta migratoria y de la fidelidad de la ballena azul chilena a sus áreas de alimentación adquiere una relevancia crucial a la luz de otro dato alarmante. De acuerdo con un estudio publicado en Marine Policy (2025), Chile es uno de los países con mayor tasa de mortalidad de ballenas por colisión con embarcaciones a nivel global. Según los resultados de dicho estudio, las ballenas azules representan un 11% de las víctimas, y una de las regiones con mayor incidencia de colisiones incluye la zona de alimentación en el sur de Chile.
Frente a esta realidad, Chile cuenta con una herramienta legal que debe ser fortalecida para proteger a esta emblemática especie, cuya salud es fundamental para el funcionamiento del ecosistema marino. La Ley 20.293, también conocida como Santuario de Ballenas de Chile, fue promulgada en 2008 tras una exitosa campaña liderada por el Centro de Conservación Cetacea y el Centro Ecoceanos. Ella establece un marco normativo para la protección de todas las especies de cetáceos en aguas chilenas, que incluye, entre otros, la creación de áreas marinas protegidas en zonas críticas para estas especies.
Para Bárbara Galletti, presidenta del Centro de Conservación Cetacea, miembro del Comité Científico de la Comisión Ballenera Internacional, y encargada de liderar este estudio “los resultados dan cuenta de que las aguas de Chiloé son indispensables para la recuperación de la ballena azul chilena. En este sentido, es necesario proteger la zona de alimentación de las ballenas azules de las evidentes amenazas en la Patagonia chilena, como las colisiones con embarcaciones y el crecimiento insostenible de la salmonicultura. Para ello se deben establecer medidas vinculantes para evitar colisiones con embarcaciones, enmalles en redes de pesca y contaminación química; con zonas de exclusión que además protejan toda la red trófica marina”.
Tras la publicación de estos resultados, logrados gracias al trabajo colaborativo, transformarlos en acciones concretas de conservación ya no es un desafío técnico ni económico: es una decisión urgente e inaplazable. Solo se necesita voluntad política para que quienes tienen el poder hagan que la fidelidad de las ballenas a nuestras aguas sea correspondida con la fidelidad de Chile a su conservación y recuperación a largo plazo.
