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La Odisea Ballenera: el caballo de Troya se viste de consenso en Australia

Elsa Cabrera, directora ejecutiva, Centro de Conservación Cetacea

En La Odisea, compuesta hace más de 2500 años, la estratagema del caballo de madera no describió un acto de fuerza sino un ejercicio de inteligencia aplicado al engaño. Después de años de asedio infructuoso, Odiseo comprendió que las murallas de Troya no caerían por la vía de la confrontación directa. Entonces ideó un regalo aparentemente inofensivo en la forma de un caballo de paz que en su vientre ocultaba a los soldados que la destruirían.

Este 28 de septiembre se inicia en Hobart (Tasmania, Australia), la 70º asamblea plenaria de la Comisión Ballenera Internacional (CBI). En su agenda hay una dádiva de paz llamada Declaración de Hobart. Aunque se presenta envuelta en un lenguaje conciliador que busca ser adoptado por consenso, en su esencia, rememora el épico poema griego.

Y es que la metáfora no es caprichosa. En el seno de la CBI el consenso no es un mecanismo neutral. Su imposición es una puerta, que una vez abierta, permite que los intereses de una minoría dobleguen los de la mayoría de sus miembros. La Declaración de Hobart – presentada por Australia (que ostenta la presidencia) y Benín (la vicepresidencia) – contiene, en su última versión, un párrafo que lejos de ser un gesto de equilibrio, constituye una amenaza para el proceso evolutivo de este organismo internacional.

En su parte resolutiva, establece que la Comisión se compromete a “trabajar con los acuerdos y organismos internacionales pertinentes en asuntos relacionados con la seguridad alimentaria…”. La inclusión de este lenguaje no es accidental ni inofensiva. Entre todas las resoluciones aprobadas por la CBI en el presente siglo, solo una – la declaración de Sn Kitts y Nevis de 2006 – mencionó este término. Y en su sección preambular, no en la operativa. Desde entonces, todos los intentos de introducir este concepto en propuestas de resolución pro-caza de ballenas han sido sistemáticamente rechazados o retirados por falta de apoyo.

Aunque son sólo dos palabras que podrían parecer inofensivas para quienes no conocen el trabajo de la CBI, la seguridad alimentaria ha sido el arma de la diplomacia del arpón japonés para promover la eliminación de la moratoria global sobre la caza comercial de ballenas. La carne de ballena se presenta falsamente como un recurso nutricional irremplazable con el fin de ejercer presión y alinear a la CBI a los intereses balleneros. Lo cierto es que la mención a la seguridad alimentaria en la Declaración de Hobart no busca aliviar las necesidades alimentarias de nadie, sino más bien abrir una grieta legal por donde entrará, tarde o temprano, la obligación de tratar temas que no le competen.

Paradójicamente, Australia, que en 2014 ganó un juicio contra Japón ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) por las operaciones de caza de ballenas de la nación asiática en el santuario de ballenas del Océano Austral, esta semana buscará impulsar la adopción por consenso de una declaración que socava el mismo espíritu de ese histórico fallo. Aquel veredicto no sólo fue una victoria histórica para el derecho ambiental, sino también para la interpretación evolutiva de la CBI – de un organismo creado hace 80 años atrás para cazar ballenas a uno orientado a la conservación y uso no letal de los cetáceos. La Declaración de Hobart, liderada por el mismo país que ganó este juicio, ha decidido ignorar el histórico reconocimiento legal de la CIJ de ser un organismo en evolución para retroceder hacia una lógica más propia de inicios del siglo pasado.

Pero la ironía no finaliza ahí. En 2018, la CBI adoptó la Declaración de Florianópolis, un hito que definió el papel de la Comisión en la conservación y gestión de los cetáceos en el siglo 21. En ella se reconoce explícitamente la evolución del significado uso sostenible para incluir el uso no letal de estas especies de mamíferos marinos. También destaca la importancia del turismo de avistaje de ballenas como una actividad económica y cultural, así como el papel de los cetáceos vivos en el funcionamiento de los ecosistemas marinos y el ciclo de nutrientes.

En contraste, la Declaración de Hobart omite cualquier mención al uso no letal; no reconoce el enorme valor económico, social y cultural del turismo de avistaje de ballenas en el mundo; y decide ignorar el rol de las ballenas vivas en temas tan contingentes como la mitigación del cambio climático a través del ciclo de nutrientes y secuestro de carbono. Tampoco alude a la moratoria implementada hace 40 años (1986) – la medida más importante del derecho ambiental internacional que evito la extinción de varias especies de ballenas – ni la evolución de la CBI en las últimas ocho décadas.

Lo que si incluye es un peligroso guiño a los intereses balleneros en forma de seguridad alimentaria y esquemas de manejo de poblaciones de ballenas (o cómo calcular cuotas de captura), justo cuando éstos se encuentran más debilitados que nunca. El próximo mes de febrero Islandia presentará un proyecto de ley para prohibir la caza de ballenas definitivamente, que dejaría aislados a Japón y Noruega como los dos únicos países en el mundo que continúan con esta anacrónica actividad.

El minoritario bloque ballenero no desconoce esta realidad y por eso necesita desesperadamente una victoria simbólica. La Declaración de Hobart, de aprobarse por consenso como busca Australia, le proporcionará un reconocimiento institucional que legitimará el uso de las ballenas para la seguridad alimentaria. Esto sentará un peligroso precedente para futuras resoluciones y será una señal inequívoca de que la Comisión estaría dispuesta a desmantelar décadas de evolución en conservación y uso no letal de cetáceos.

Y lo haría justo en medio de las graves consecuencia que enfrenta el planeta y la humanidad a causa de la triple crisis global de cambio climático, contaminación y perdida de biodiversidad. Estamos recién comenzando a evidenciar los efectos del fenómeno de El Súper Niño, y las ballenas – que ya enfrentan graves amenazas como la colisión en embarcaciones y enmalles en redes de pesca, entre otros – no escaparán sus impactos. La labor de la CBI debería ser la de asumir con responsabilidad esta realidad y redoblar sus esfuerzos de conservación.

La Declaración de Hobart, incluso en su versión revisada, debe ser rechazada. Una declaración que no menciona la moratoria, omite el uso no letal, ignora el papel de las ballenas en el ecosistema y abre la puerta a las seguridad alimentaria no es un puente para seguir evolucionando sino una trampa para retroceder décadas en conservación de cetáceos.

Odiseo no construyó un caballo para rendir homenaje a Troya. Lo hizo para destruirla desde adentro. La Declaración de Hobart, vestida de conmemoración y consenso, oculta en su interior la misma lógica. Otorga una concesión aparentemente inofensiva, que una vez aceptada, permitirá al bloque ballenero fortalecer y avanzar sus intereses en el corazón mismo de la CBI.

Si el mito del caballo de Troya nos enseñó que los ofrendas vestidas de paz no siempre son benignas, la historia de la CBI nos demuestra que el consenso, cuando se construye sobre la ambigüedad, sólo beneficia a una minoría que busca eliminar la moratoria y debilitar la conservación de las ballenas en el mundo.