Elsa Cabrera, directora ejecutiva Centro de Conservación Cetacea
Durante más de tres décadas, la investigadora australiana Claire Charlton ha navegado las aguas de la Gran Bahía Australiana, siguiendo a las ballenas franca austral (Eubalaena australis). Madre tras madre y cría tras cría, Charlton ha documentado el pulso reproductivo de una población que parecía lentamente estar recuperándose de los impactos de la caza comercial de ballenas. Pero en los últimos años, esa pulsación de ha desacelerado.
Recientemente, la revista Scientific Reports publicó los resultados de una investigación internacional liderada por las universidades australianas de Flinders y Curtin, con participación de expertos de Estados Unidos y Sudáfrica. El diagnóstico es tan contundente como preocupante. Las ballenas franca austral de Australia y Nueva Zelanda se están reproduciendo cada vez menos. El intervalo entre partos, que solía ser de tres años, se ha extendido a cuatro e incluso cinco años en la última década. La causa, según el equipo científico, está en el hielo marino antártico. Su retroceso, entre un 15% y un 30% en regiones críticas, coincide con alteraciones oceánicas profundas, que estarían reduciendo la disponibilidad de kril, ese diminuto crustáceo similar a un camarón del que dependen las ballenas para acumular la energía suficiente para la reproducción.
Para Charlton, que ha dedicado su carrera al monitoreo de esta especie, estos hallazgos constituyen una advertencia urgente, pues el océano Austral esta cambiando más rápido de lo que las ballenas podrían adaptarse. Y lo que ocurre en Australia no es un caso aislado. Investigaciones en Sudáfrica desarrolladas por la Universidad de Pretoria, confirman una tendencia similar. El investigador Matthew Germishuizen ha observado que las ballenas franca austral de esa región también muestran una desaceleración reproductiva frente a las transformaciones ambientales impulsadas por el cambio climático. Lo mismo ocurre en Argentina, donde el equipo del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) afirma que a pesar del éxito logrado en el aumento de las poblaciones, a través de la prohibición de la caza comercial, la humanidad está afectando de nuevo a las poblaciones de ballenas franca austral. En un estudio de 2021 realizado conjuntamente con Ocean Alliance, se describió por primera vez el efecto del cambio climático sobre la supervivencia de las hembras, revelando que la mortalidad aumenta luego de eventos de El Niño, lo que puede retrasar o incluso impedir la recuperación de sus poblaciones. Al aumentar la temperatura superficial del mar en el Atlántico sur, estos eventos reducen drásticamente la abundancia de kril, afectando más a hembras en periodo reproductivo.
Y es que las ballenas franca austral son lo que la biología denomina reproductoras de capital. Durante su temporada de alimentación en aguas antárticas, las hembras deben acumular enormes reservas de grasa que después sostendrán la gestación, el parto y la lactancia. Si el alimento escasea, la reproduccción se posterga. Ese estrecho vínculo entre alimentación y reproducción las convierte en centinelas vivientes de la salud océanica. Lamentablemente, los indicadores actuales son un llamado de alarma.
Análisis de isótopos estables realizados en la piel de las ballenas revelan que muchas madres se están alimentando en regiones más al norte, zonas de latitudes medias donde los frentes oceánicos – esos límites dinámicos entre aguas cálidas y frías – concentran nutrientes y presas de manera menos predecible. Cuando la despensa polar se agota, las ballenas se ven obligadas a desplazarse. El problema es que esas rutas alternativas no compensan la pérdida en las zonas de alimentación tradicionales, antiguamente ricas en kril y hoy disminuidas por el retroceso del hielo polar antártico.
Mientras las poblaciones de Australia, Sudáfrica y Argentina aún cuentan con miles de ejemplares que resisten el embate climático, en el Pacífico sudeste la situación es radicalmente distinta y mucho más frágil. La población de ballena franca austral que frecuenta las costas de Chile y Perú fue cazada desde fines del siglo XVIII, y para 1850 ya había prácticamente desaparecido. Desde entonces, no ha evidenciado signos de recuperación. Su población actual se estima en menos de 50 individuos maduros por lo que en 2008 la Unión Mundial para la Conservacion de la Naturaleza la clasificó En Peligro Crítico, convirtiéndola en una de las poblaciones de ballenas con mayor riesgo de extinción del planeta.
Dieciocho años más tarde, las amenazas locales persisten. Las colisiones con embarcacones y los enmalles en artes de pesca, entre otras amenazas, continuan siendo desafíos cotidianos para los ejemplares que navegan las aguas chilenas. Y nada impide pensar que lo que la ciencia revela en Australia, Sudáfrica y Argentina pueda estar ocurriendo también en el Pacífico sudeste. Con una diferencia fundamental. Esas poblaciones cuentan con miles de individuos que tienen más probabilidades de amortiguar el impacto ocasionado por el cambio climático. Para la población de ballenas franca austral de Chile/Perú, cada amenaza antropogénica empuja a la población un paso más cerca de su desaparición definitiva. Y aunque Chile dispone de una ley de protección a los cetáceos, aun existe la urgente necesidad de traducir ese marco legal en acciones concretas que fortalezcan las medidas de protección para esta especie, como la creación de áreas marinas protegidas (AMP) en hábitat críticos, la eliminación de operaciones salmoneras en AMP ya establecidas en la Patagonia chilena, y la reducción obligatoria de la velocidad de navegación de embarcaciones en áreas y temporadas de avistamiento de la especie.
De manera similar, el Plan de Conservación y Manejo impulsado por la Comisión Ballenera Internacional (CBI) y el Memorandum de Entendimiento entre Chile y Perú para esta población, son instrumentos valiosos que todavía requieren fortalecer su implementación. Por ejemplo, la reducción de amenazas en hábitat críticos y el financiamiento sostenido para el monitoreo de la población siguen siendo asignaturas pendientes.
En Chile, desde 2003 el Centro de Conservación Cetacea desarrolla el Proyecto Ballena Franca Austral/Chile, el único esfuerzo sistemático e ininterrumpido dedicado a esta población en el país. Durante dos décadas, ha construido un catalogo de foto identificación individual, documentado sus áreas de concentración y evidenciado las amenazas que ponen en peligro su supervivencia. Todo ese trabajo se presenta sistemáticamente ante el Comité Científico de la CBI, así como autoridades competentes de Chile y Perú, aportando la información necesaria para que los compromisos nacionales, binacionales e internacionales no queden solo en el papel.
Han sido 23 años de dedicación en ciencia y conservación, que ante la crisis en el océano Austral, adquiere una urgencia inédita. Porque si el cambio climático está frenando la recuperación de poblaciones de ballenas franca austral que cuentan con miles de individuos, para una población de apenas decenas de ballenas – como la población de ballena franca austral del Pacífico sudeste – el margen de adaptación es casi inexistente. Así como medidas de protección han permitido el aumento de sus poblaciones, hoy la supervivencia de las ballenas franca austral depende de nuestra capacidad para actuar con determinación ante el cambio climático, una amenaza silenciosa pero implacable.
