Elsa Cabrera, directora ejecutiva, Centro de Conservación Cetacea
En marzo de 2024, mientras los titulares del mundo se ocupaban de la inestabilidad geopolítica global, ocurrió algo extraordinario que pasó prácticamente desapercibido. Sucedió en las Islas Cook, en una ceremonia que reunió a los pueblos del Te Moana Nui a Kiwa, o el Gran Océano Pacífico. Allí, los líderes indígenas de Aotearoa (Nueva Zelandia), Hawái, Tonga, Tahití, las Islas Cook y Rapa Nui (Isla de Pascua) firmaron la Declaración por el Océano o He Whakaputanga Moana.
Los hermanos pascuenses y otros líderes polinesios pusieron su firma, junto a la del rey maorí Tuheitia Paki, en un documento que reconoce algo que sus ancestros jamás olvidaron. Al igual que los humanos, las ballenas o tohorā, tienen derechos inherentes. Y es que para los pueblos de la polinesia, el océano o moana, es un antepasado vivo, despositario de conocimientos transmitidos de generación en generación, donde las ballenas o tohorā guiaron a las generaciones precedentes a través del océano.
Mientras los denominados líderes mundiales discutían sus planes para implantar un “nuevo orden mundial”, los más altos representantes de estos pueblos originarios, con una sabiduría muy superior, se ocuparon de proteger que sus descendientes o mokopuna hereden mares repletos de vida, donde la fuerza del canto de las ballenas represente la salud del océano del cual depende el bienestar de toda la humanidad.
Dos años más tarde, esta declaración ha dado vida a un proyecto de ley presentado recientemente en el parlamento de Nueva Zelandia por el diputado verde Teanau Tuiono, que busca incorporar a la legislación neozelandesa el reconocimiento de los cetáceos como sujetos de derecho.
Proyecto de Ley Tohorā Oranga, un salvavidas para especies en peligro
“Los cantos de nuestros antepasados, las Tohorā, que han resonado durante generaciones en nuestra aguas, se están debilitando”. Las palabras del rey mahorí en 2024 fueron un certero diagnóstico de la realidad que enfrentan las ballenas en el siglo 21. De acuerdo a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, seis de las 13 especies de ballenas están en peligro. Las colisiones con embarcaciones, la contaminación acústica, los enmalles en redes de pesca y la crisis climática son sólo algunas de las actuales amenazas que ponen en riesgo su recuperación y conservación a largo plazo.
Mientras tanto, países como Japón, Noruega e Islandia continúan cazándolas sin ninguna justificación. También realizan sus mayores esfuerzos para debilitar, e incluso eliminar, la moratoria global sobre la caza comercial de ballenas; la única medida eficiente adoptada por la Comisión Ballenera Internacional desde su creación en 1947 para cumplir con su mandato de conservar las poblaciones de ballenas para las generaciones futuras.
El proyecto de Ley Tohorā Oranga (o bienestar de las ballenas) indica que otro camino es posible. A diferencia de otras propuesta legislativas, este proyecto no encubre intereses económicos de grandes corporaciones ni busca lavar la imagen de emprendimientos comerciales disfrazados de ecológicos. Por el contrario, evidencia que aun existen personas que cuando miran al océano, ven a sus ancestros. Que al escuchar el canto de las ballenas, entienden que éste forma parte de una conversación que comenzó hace milenios. Y que valoran la importancia de vivir en armonía con el moana (océano), entendiendo que no somos dueños de nada, sino parte de un todo.
Mientras el mundo occidental continua debatiendo si los derechos humanos deben aplicarse a todos por igual o solo a algunos privilegiados, el proyecto de ley liderado por la comunidad maorí nos recuerda que estos derechos no solo deben ser respetados sin distinción de raza y origen, sino que además deben extenderse más allá de lo humano.
Una corriente de esperanza en medio del caos global
Vivimos tiempos oscuros. Las guerras que se perpetúan de la mano de liderazgos corruptos y la inacción de cobardes con poder, nos podrían muy bien estar llevando al fin de una era. En este contexto, una noticia como la propuesta de un proyecto de ley que busca otorgar derechos a las ballenas ha pasado nuevamente desapercibida. Quizás porque no promueve la polarización que alimenta a los algoritmos que controlan las redes sociales y a sus seguidores.
Pero justamente por eso es importante. Porque mientras los poderosos discuten cómo repartirse las riquezas del planeta a cualquier costo, hay personas que prefieren trabajar para protegerlo. Al presentar el proyecto de ley, el diputado Tuiono afirmó que éste “representa una transformación en cómo protegemos nuestras especies marinas y el moana en general, para crear una ley que proteja a las ballenas, reconociendo legalmente su mana”. Esta última palabra significa el poder espiritual, la autoridad y el prestigio. Características que comparten tanto los jefes que firmaron de Declaración por el Océano en 2024 como sus ancestros, incluídas las ballenas. Reconocer el mana de las ballenas es aceptar que su existencia no depende de cuán útiles sean para los intereses humanos. Ellas merecen respeto, consideración y derechos.
Frente a las graves y crecientes crisis que enfrentamos hoy, el proyecto de ley para otorgarle derechos a las ballenas podría parecer para algunos una utopía o incluso un despropósito. Pero es justamente la forma en que tratamos a los más vulnerables, sean o no humanos, lo que define quiénes somos como sociedad. En este contexto, el proyecto nos recuerda que existen otras formas de relacionarnos, y que podemos mirar a una ballena o cualquier otra especie o semejante y reconocerla como igual, como pariente y como ancestro. El proyecto de ley Tohorā Oranga representa un salvavidas, no solo para las ballenas, sino para nuestra extraviada humanidad.
